De Cañuelas a Carhué y regreso: 1.110 kilómetros a puro pedal y una lección de coraje.
En diez días de travesía, Sergio “Teo” Machado unió Cañuelas con el Lago Epecuén y volvió a su casa en bicicleta. Fueron 1.110 kilómetros de viento, tormentas y emoción. Su nombre es Sergio Machado, pero todos lo conocen como Teo: vive en el barrio San Ignacio y trabaja en el Frigorífico Cañuelas (Supremo). “Fui feliz y mucho”, resumió tras cruzar nuevamente las calles de su ciudad.
El miércoles 25 de febrero, a las 16.30, las ruedas volvieron a tocar el asfalto conocido. Sergio Machado —“Teo” para todos— entró otra vez a Cañuelas en bicicleta, el mismo medio con el que diez días antes había partido rumbo a Carhué. Cerraba así un desafío que lo marcará para siempre: 1.110 kilómetros en total, ida y vuelta, hasta el mítico Lago Epecuén.
Tenía 33 años y una idea fija desde abril del año pasado: unir su ciudad con ese espejo de agua cargado de historia y memoria. La aventura comenzó el lunes 16, a las 6.00, cuando el cielo apenas clareaba y el rocío todavía dominaba los campos bonaerenses. Ajustó alforjas, revisó luces y respiró hondo. La idea original era viajar acompañado. No se pudo. Entonces decidió animarse solo.
La primera jornada lo llevó por Lobos, Roque Pérez, Del Carril y Cazón hasta Saladillo. Fueron 132 kilómetros de estreno, con pueblos detenidos en el tiempo, estaciones de tren silenciosas y vecinos que ofrecieron hospitalidad. Allí hizo noche y entendió que el desafío iba en serio.
Al día siguiente encaró uno de los tramos más exigentes: Del Valle, Hale, Unzué. Campo y más campo. Subidas, bajadas, sin sombra. El sol como único testigo. Tras 153 kilómetros “durísimos”, llegó a Bolívar cerca de las 16.30. Cuando se llega, el cansancio cambia de nombre.
El tercer día parecía más amable: Ibarra, Urdampilleta, Pirovano, Daireaux. Menos kilómetros, más margen para disfrutar. Pero la llanura también sabe endurecerse. En la zona de Laguna Alsina (Bonifacio), la tormenta cayó con furia. Rayos, viento, lluvia golpeando la carpa. “Fue la peor noche de mi vida”, escribiría después. Se refugió en el camping, armó campamento bajo techo, con comida y el celular cargado. Estaba a salvo. Pero el viento silbando en la oscuridad convirtió esas horas en una prueba mental.
El cuarto día arrancó más tarde, con 408 kilómetros acumulados en las piernas. Pasó por Guaminí, Arroyo Venado y encaró los últimos 78 kilómetros. A las 16.30, el cartel de Carhué dejó de ser una meta lejana. Se volvió real. “No se imaginan lo que lloré de emoción”, confesó.
Al día siguiente llegó el momento más esperado: el encuentro con el Lago Epecuén. Un paisaje atravesado por la memoria de la ciudad que supo quedar bajo el agua y hoy es símbolo de resistencia. “Me encantó. Mucha historia, tristeza y esa sensación inexplicable. Tiene esa cosita que te hace volar y querer volver”, escribió. El lago ya no era un punto en el mapa: era parte de su propia historia.
La ida había sido una hazaña de 508 kilómetros en cuatro días. Pero faltaba volver. Y el regreso terminó de transformar la experiencia en epopeya personal. “De 508 km pasé a 1.110 km”, resumió con orgullo.
Diez días después de haber salido al amanecer, volvió distinto. Más fuerte. Más seguro. Con la certeza de que la ruta no es solo asfalto y viento en contra, sino también manos tendidas, pueblos que abrazan y desafíos que, cuando uno se anima, se cumplen.
En sus redes, ya de regreso en casa, dejó un agradecimiento especial: “A toda la comunidad de Carhué, que me han recibido con los brazos abiertos. Fui feliz y mucho… Gracias, gracias, gracias!!!”.
La travesía de Teo no tuvo podios ni medallas. Tuvo estaciones olvidadas, tormentas inesperadas, horizontes infinitos y lágrimas frente a un lago salado. Y dejó una enseñanza simple y enorme: a veces, el verdadero viaje empieza cuando uno decide pedalear.


