Historias de nuestro pueblo: Carnavales de antaño en la calle Libertad.

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Anita Pfannkuche y María Florani reviven esta hermosa historia para que llegue a las generaciones venideras, (Cañuelas Ya recoge la información de los Archivos de la Biblioteca Popular Sarmiento). Antiguamente el Corso comenzaba en el Boliche La Amarilla, sobre Libertad y Padre Díaz, llegando hasta la calle Irigoyen. Se iluminaban las veredas con faroles a querosene, Alberto Nassano y Alfredo Urbisaia eran los encargados de iluminar la noche.

Por Martín Aleandro

Mi abuelo Coco siempre me decía: “…cuando yo te diga que es carnaval, vos apretá el pomo”. Comienzo el texto de esta manera porque estamos en Carnaval, y durante estos cuatro días puedo creerme escritor: profesión que quizá nunca tenga. Pero en carnaval todo es posible, me pongo el antifaz, tomo la pluma y a disfrutar mientras dure. Esta festividad pagana tiene una raíz religiosa, si nos remontamos a la historia eran los tres días previos al “Miércoles de ceniza”, que es cuando comienza la Cuaresma, tiempo de ayuno para los cristianos. Por esta razón la gente hacía como dicen los pibes hoy: “la previa” y comían y bebían hasta reventar, cometiendo todo tipo de excesos. Esta contradicción entre religión y fiesta escéptica hizo que fuera muy cuestionada en la Edad Media y en otros momentos más cercanos a nuestros tiempos. La alegría popular es mal vista y reprimida.

En nuestro territorio el Carnaval está muy influido por la comunidad Africana que vivía en el centro porteño a finales del siglo XVIII. En aquel entonces las calles de San Telmo se llenaban de comparsas, tambores y bailes coloridos. Eran cuatro días donde se festejaba, se unían las comunidades, todos salían a las calles y se invertían los roles. Como dice Bajtín, se producía el fenómeno de “carnavalización social”. El pobre se disfrazaba de Rey, los que tenían cargos jerárquicos se vestían de aborígenes, o reos o de soldados. Se travestían, pintarrajeaban…eran cuatro días de total libertad. Poco a poco se fue instalando el hábito de arrojarse agua en una especie de batalla sexista. Las mujeres llenaban huevos de avestruz con agua de rosa perfumada, o arrojaban baldes desde los balcones. Los hombres cargaban de agua tripas de vaca y correteaban a las chicas por la ciudad. Detrás del antifaz estaba todo permitido y desinhibido. Se formaban parejas o se buscaba aquella persona especial para jugar y bailar. A altas horas de la noche las aguas se ponían turbias. Cuando terminaba el festejo todo regresaba  a la normalidad: el pobre volvía a su pobreza y el rico a su riqueza.

 El Carnaval de Humahuaca y Tilcara es una ceremonia que va del desentierro al entierro del Diablo. Es un ritual relacionado a la mitología de las comunidades del altiplano. El diablo sale de su tumba a recorrer las calles haciendo “diabladas” durante cuatro días. Pasado este lapso se lo vuelve a enterrar hasta el año siguiente. Todo sucede al ritmo del Carnavalito, donde las cuerdas del charango se prenden fuego en manos de los músicos locales y los sikuris soplan como el viento que vitaliza la llama. Esta tradición festiva, como la anterior contada, pone muy nerviosos a los dictadores. Videla prohibió los carnavales con el decreto del 9 de junio de 1976 y eliminó los feriados de Carnaval. La Murga de alguna manera sobrevivió, mantuvo ese entramado social vivo y fue una forma de resistencia popular. Desde el 2010, los Carnavales volvieron a ser feriado en Argentina y el pueblo retornó a festejar en las calles. 

En Cañuelas tenemos mucha historia relacionada al los Corsos. Anita Pfannkuche y María Florani revivieron tiempo atrás esta hermosa historia para que llegue a las generaciones venideras. Antiguamente el Corso comenzaba en el Boliche La Amarilla, sobre Libertad y Padre Díaz, llegando hasta la calle Irigoyen. Se iluminaban las veredas con faroles a querosene, Alberto Nassano y Alfredo Urbisaia eran los encargados de iluminar la noche. La esquina de Cabral concentraba a la gente que poco a poco se iba acercando con su silla. La Cantina se convertía en el epicentro de la fiesta: música, chori, vino y cerveza. Las carrozas, que llevaban su tiempo de preparación y misterio, se armaban en una casa cercana, donde varios vecinos confabulaban para divertirse y divertir a la comunidad. Tiradas por caballos iban desfilando para deleite del público. Muy ocurrentes, las carrozas tenían esa magia: sorprendían por su originalidad. Quedó grabada en la memoria, entre otras, la carroza del Quirófano. Consistía en simular una operación, sobre ella iban vecinos disfrazados de médicos con sus guardapolvos blancos, y sobre la camilla estaba el operado, del cual sacan y exhibían al público tripas de vaca, riñones y chinchulines…la gente no paraba de reír…  Infaltables eran quienes disfrazados/as interactuaban entre el público presente, molestando a las parejas y haciendo pantomimas de todo tipo.     

Don Tito Domínguez lo recuerda como si fuera ayer y me lo cuenta con el entusiasmo de un niño. Estaban en su casa en el campo preparándose para salir al pueblo a disfrutar del Corso, los hermanos mayores irían solamente en el carro, a Teodoro de 15 años no lo dejaban ir con ellos. Su hermano mayor Jesús María se iba a encontrar con su novia y no quería tener que cuidar del menor. Cuatro gritos y lo dejaron triste en la casa. Ya estando en el desfile de carrozas, Jesús María abrazado a su amada comienza a ser molestado por un disfrazado con un gran sombrero, una barba y un bigote gigante que le tapa la cara y una ropa ridícula. Esto era muy común y parte de la diversión del Carnaval. Esta escena de pantomima duro casi toda la noche y la pareja no puedo estar tranquila. Resulta que Teodoro no se quedó en la casa. Se disfrazó y escapó al Corso. Molestó a su hermano mayor toda la velada y nunca fue descubierto. La venganza en tono carnavalesco fue un éxito esa noche del año 1956.