La Brújula es un puente sonoro entre la tradición y la vanguardia.
Comienzan a grabar su disco debut y a pensar en un nuevo horizonte que les permita afianzar su música a nivel provincial y nacional. La Brújula está lejos de purismos estáticos, su identidad musical se construye en el diálogo y en la apropiación de diversas tradiciones territoriales, por tal motivo grabar es el paso que les faltaba para dejar un sello imborrable.
Por Martín Aleandro
El folclore argentino, lejos de ser una pieza de museo inerte, se reactiva y se reelabora constantemente en el hacer de sus músicos. En esa intersección precisa donde coinciden el respeto por las raíces y la urgencia de la contemporaneidad, emerge desde hace dos décadas la propuesta de La Brújula, una agrupación que ha sabido consolidar un sonido único en la región. Con la reciente incorporación del artista multifacético Matías “Keke” López en guitarra eléctrica y producción musical, surgió la posibilidad de plasmar en un disco la estética de la banda. En los tiempos que corren tener material propio es de suma importancia para abrir nuevas puertas en el ambiente. Los integrantes actuales son Sebastián Bolaño (voz y guitarra), Matías kekes López Donadio (guitarra eléctrica), Mariano Figueroa (batería), Juan Cruz Pérez (voz), Matías “Chocola” Aguirre (bajo)
Cañuelas Ya dialogó con Matías Aguirre, bajista y miembro fundador de la banda, quien nos ofrece una perspectiva sobre la evolución de este proyecto que desafía las etiquetas simplistas y se posiciona como un faro de experimentación colectiva.
—¿Cómo fueron aquellos primeros años de La Brújula y de qué manera se configuró esa identidad que hoy los define?
—La Brújula nace aproximadamente hace veinte años. En la formación inicial participábamos una chica salteña, Augusto Iñiguez —músico de Cañuelas—, Mariano Figueroa en la batería y yo en el bajo. Es notable señalar que, a pesar de los inevitables cambios de integrantes a lo largo del tiempo, Mariano y yo somos los únicos miembros originales que permanecemos desde el inicio del proyecto. En aquella primera etapa tuvimos una actividad muy fructífera a nivel musical, presentándonos con frecuencia en la Ciudad de Buenos Aires, en espacios emblemáticos como Los Cardones y diversas peñas porteñas, impulsados en gran medida por el origen salteño de nuestra cantante. Por las filas de la banda pasó una notable variedad de artistas locales como Maca Cardozo, Nicolás Martínez, Alejandro Schugt, Juan Pablo Cajarabilla y el recordado Quique López, entre muchos otros que nutrieron nuestra historia.
—Esa confluencia de músicos con diversos bagajes debió generar un impacto directo en la propuesta estilística de la banda. ¿Cómo gestionaron esa diversidad sonora?
—Hubo una etapa fundamental donde decidimos incursionar de lleno en sonoridades más vinculadas al rock, el reggae y el pop, pero manteniendo siempre como eje inalterable la esencia del folclore. Las estructuras tradicionales de las danzas nativas no se distorsionaban; una chacarera seguía siendo bailable y respetaba su métrica tradicional, pero se enriquecía con la incorporación de vientos como quenas, sikus y zampoñas, combinados con matices rockeros o citas sutiles a Charly García o The Beatles. Esta mixtura instrumental otorgó a La Brújula un sello distintivo. Lo más gratificante es comprobar que esos arreglos musicales concebidos hace casi dos décadas, cuya dirección musical en ese momento estaba a cargo de Juan Pablo Cajarabilla, conservan una notable vigencia y suenan modernos incluso hoy en día.
—Frente a esta propuesta tan particular, ¿cómo reaccionó el público de la región y qué espacios surgieron a partir de esa recepción?
—Notamos una gran concurrencia de público que no provenía exclusivamente del ámbito del folclore tradicional, sino también de la escena del rock local. En ese contexto de apertura cultural, decidimos crear un espacio propio: la «Peña La Brújula». Observábamos que a nuestras presentaciones asistían personas de diversos horizontes estéticos —desde el punk rock hasta el reggae—, por lo que diseñamos un ciclo denominado «Folk-Rock». La propuesta consistía en invitar a bandas de rock de Cañuelas para que realizaran un homenaje a algún compositor o cantante de la música popular argentina. Se generaban encuentros maravillosos y sumamente enriquecedores, donde de repente una agrupación de punk rock interpretaba un chamamé con una fuerza y una originalidad asombrosas.


