LA LLEGADA DE UN NUEVO TIEMPO

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Es increíble cómo las variables distancia-velocidad fueron modificando nuestra antigua percepción del tiempo, con la que crecimos, donde todo se reducía a ese imaginario barrial en el que se desarrollaban casi con exclusividad nuestras actividades, salvo alguna salida excepcional en familia, o nosotros, por ejemplo, que de chicos un día decidimos desde el barrio (Primero de Mayo) ir a jugar un partido a Los Aromos, fue un desafío entre Gonzalito y mi hermano (Carlos). Y allá fuimos, en lo que simulaba ser el cruce de los Andes prácticamente para nuestro desconocimiento; y volver, después de jugar ni les cuento, arrastrándonos llegamos a nuestros hogares, encima empatamos, pero mi relato apunta a significar cómo cambió esa ecuación y no solo porque crecimos, hubo además otros elementos que contribuyeron a tal modificación que trato de explicar.

Por Lic. Raúl E. Valobra

Recuerdo que en otra oportunidad, purretes de 11 0 12 años, nos llegamos en bicicleta con otros amigos hasta las Hermanas Dominicas, solo por andar nomás, y para nosotros fue toda una travesía, una aventura arriesgada, el pedaleo interminable por la soledad de esa Ruta 205 que hoy no da abasto con el tránsito y aquel lugar ya no nos parece tan lejano. Ir hasta Vicente Casares a nuestros primeros bailes en el club era casi con pasaporte, porque nos representaba el extranjero, Udaondo nos figuraba en otro continente y lo mismo sucedía con Uribelarrea, es que todo estaba regulado por esa variable a la que hago referencia, aunque también el desarrollo urbanístico, la mejora constante de las vías de acceso y nuestra dependencia automovilística nos hacen ver todo de otra manera.

También emprendíamos de adolescentes viajes semanales a los bailes del Club San Miguel, en Monte, o al Club Deportivo San Vicente, con una parada previa en el Deslinde, donde tomábamos unos vinos y comíamos unos sánguches de milanesa, para luego seguir, otros tiempos, otra gente, otra sociedad, el tránsito era otro y las velocidades de los autos también, el lunes era escuela o trabajo, indefectiblemente, cualquiera de esos viajes era una hora para llegar y una hora para volver, hoy se llega en la mitad de tiempo o menos.

De algún modo nos arreglábamos para ir bailar por toda la zona: Lobos, Navarro, Las Heras, Monte, General Belgrano, Brandsen, San Vicente, Ezeiza, Marcos Paz, Luján, Monte Grande, Temperley; y debo decir que ninguno de nosotros era millonario y que gran parte de esos viajes lo hacíamos en la época de estudiantes secundarios, con los magros recursos que nuestros padres nos daban. Es importante rescatar el espíritu de fraternidad que reinaba cuando llegábamos a la mayoría de los lugares que mencioné, con mucha gente que conocimos en esas aventuras aún mantenemos lazos de amistad que perduran en los años.

Hoy, uno sale de su casa y la mayoría de los vecinos puede llegar a cualquier destino sobre asfalto, me pasa que al dirigirme a la casa de algunos amigos del Barrio Los Aromos antes nos significaba una importante demora porque nos quedaba a trasmano o debíamos ir por calles de tierra, nada de eso sucede y si uno quiere puede ir por el Barrio Sarmiento evitando el congestionamiento de las arterias que históricamente sirvieron como lazo comunicante. Me pasa también cuando recorro los barrios, el Primero de Mayo, asfaltado parece otro barrio, y claro que quiero el progreso y el desarrollo y las mejoras: el asfalto, el gas, el agua corriente, las cloacas, las luminarias pero me cuesta creer que es mi barrio, el mismo barrio donde crecí, esa simbiosis entre el ser humano y la naturaleza, con pasto en las calles, me viene a la memoria que mi calle, Jorge Newbery desde mi casa, al 248 hasta Maipú era de pasto durante los años de infancia y jugábamos al futbol sobre la misma calle.

Otro barrio que recorro muy seguido es el Buen Pastor, más conocido como “El Mondongo”, como más le gusta llamarlo a sus vecinos, escapando a la resemantización que el tiempo les propuso para matizar la crudeza de su denominación, lo que uno encuentra ahora es un barrio urbanizado en su amplia mayoría, casi sin potreros futboleros y con poco espacio verde o plazas. “El Mondongo”-cuna de talentos- hoy no tiene una cancha donde los pibes puedan jugar un picadito, luce de calles asfaltadas, escasa arboleda y baldíos en extinción, hasta se han construido conglomerados de edificios para alquilar, rompiendo con esa estructura de casas bajas, si hasta ayer, llegar desde el Primero de Mayo hasta “El Mondongo” era difícil, se debía más bien a la distancia o al estado de las calles, hoy en cambio lo es por el tránsito, los lomos de burro y los badenes, cambios a los que aún no nos acostumbramos y que obedecemos mecánicamente.

La vida nos ha sido modificada sin que nos diésemos cuenta, estamos inmersos en una era híper tecnológica que desecha todo el legado de las eras precedentes, el tiempo es la variable que ajusta ese cambio desde la instantaneidad de las respuestas que ofrecen las computadoras, al borde de una generación de ordenadores cuánticos masivos, con la irrupción demencial y amenazante de la IA (Inteligencia Artificial) derribando el mito de la concepción del tiempo hasta ahora conocido. Sin querer asistimos a la desaparición de aquello que concebíamos como nuestro mundo, con esa característica capacidad reflexiva, propia de nuestro medio rural, que se desvaneció simultáneamente con el advenimiento de la Internet, los celulares, las redes sociales, Facebook, Twitter y todas las demás, esa catástrofe social nos expuso a la transformación absoluta de conductas, hábitos y costumbres, aunque nos opongamos con una insípida resistencia