Violento asalto en Los Aromos: la Sub DDI investiga el brutal ataque a una jubilada de 79 años.
La Sub DDI de Cañuelas quedó a cargo de la investigación por el violento ataque sufrido por Griselda Arburúa, una jubilada de 79 años que continúa internada en terapia intensiva en el Hospital Cuenca Alta Néstor Kirchner.
El hecho ocurrió durante la madrugada del martes 5 de mayo en una vivienda ubicada sobre la calle Perú al 555, en el barrio Los Aromos. Según trascendió, entre uno y dos delincuentes ingresaron al domicilio mientras la mujer dormía y permanecieron más de una hora dentro de la propiedad revisando distintos ambientes en busca de dinero y objetos de valor.
Los asaltantes escaparon con un teléfono celular y aproximadamente 30 mil pesos en efectivo.
De acuerdo a la información reunida por los investigadores, los delincuentes habrían accedido por el portón del garaje, el único sector de la vivienda que no contaba con sensores vinculados al sistema de alarma ADT. Además, antes de ingresar habrían cortado el suministro eléctrico con el objetivo de desactivar el sistema de seguridad, un detalle que hace presumir a los investigadores que conocían características precisas de la propiedad.
Fuentes oficiales señalaron que el robo se produjo alrededor de las 6 de la mañana y que los agresores abandonaron el lugar cerca de las 7.20. Uno de los sensores habría detectado movimientos sospechosos, situación que motivó el alerta de la empresa de seguridad a la Policía.
Cuando los efectivos arribaron al domicilio encontraron a Griselda desvanecida en el piso y la vivienda completamente a oscuras.
En el lugar, la Policía Científica secuestró un caño galvanizado de gas de aproximadamente 1,20 metros, elemento con el que habrían golpeado brutalmente a la jubilada. Los investigadores intentan establecer si el objeto pertenecía a la vivienda o si fue llevado por los delincuentes para utilizarlo como arma.
Por el momento todavía no está determinado cuántas personas participaron del ataque. Antes de ser sedada, la víctima alcanzó a relatarle a sus familiares que habrían sido dos los agresores que ingresaron a la habitación. Sin embargo, las primeras imágenes obtenidas de cámaras de seguridad de la zona mostrarían solamente a un sospechoso merodeando la cuadra en el horario del hecho.
Pero lo ocurrido con Griselda Arburúa excede un caso policial. El ataque vuelve a poner en discusión una problemática social cada vez más visible: la naturalización de la violencia y el deterioro de los vínculos sociales en un contexto donde la vida humana parece perder valor.
Ya no resulta extraño escuchar historias de personas golpeadas, heridas o asesinadas por un celular, unas zapatillas o una suma mínima de dinero. Detrás de muchos de estos hechos aparecen el consumo problemático, la exclusión y la marginalidad, aunque también una profunda crisis social y cultural que impacta directamente sobre la convivencia.
Sin embargo, reducir todo únicamente al problema de las drogas sería simplificar una realidad mucho más compleja. Lo que también aparece es una pérdida del reconocimiento del otro como persona. Cuando alguien es capaz de ingresar a la casa de una mujer de 79 años, atacarla salvajemente y dejarla entre la vida y la muerte por un robo menor, lo que queda expuesto es una fractura social mucho más profunda.
Tal vez uno de los aspectos más preocupantes sea el acostumbramiento. La convivencia cotidiana con el miedo, con las noticias de inseguridad y con escenas de violencia extrema que comienzan a formar parte de la rutina informativa.
Y justamente en Cañuelas todavía persiste algo que muchas personas valoran especialmente: una comunidad donde miles de familias eligen instalarse buscando escapar de la inseguridad permanente y de la violencia cotidiana que afecta a otros grandes centros urbanos.
La ciudad aún conserva cierta tranquilidad, la posibilidad de descansar en paz y de mantener vínculos comunitarios que en otros lugares parecen haberse debilitado. Por eso hechos como el sufrido por Griselda generan un impacto tan profundo entre los vecinos. Porque representan una realidad que gran parte de la comunidad no siente propia y no quiere aceptar como normal.
Nadie quiere naturalizar que una mujer mayor pueda ser atacada brutalmente mientras duerme en su propia casa.
Por eso el pedido de justicia no representa solamente una demanda judicial. También expresa la necesidad de marcar un límite frente a hechos de extrema violencia que destruyen vidas y generan temor en toda la sociedad. Porque cuando una comunidad deja de conmoverse frente a este tipo de episodios, comienza lentamente a perder parte de su humanidad.
La inseguridad no tiene soluciones simples ni inmediatas. Requiere prevención, educación, contención social, oportunidades, presencia activa del Estado y un sistema judicial eficiente. Pero mientras tanto, existe un derecho básico que no debería discutirse: el derecho de cualquier vecino a vivir en paz y sin miedo.

