El Cultivo cumple 25 años como espacio cultural en Cañuelas.
A propósito del vigésimo quinto aniversario del centro cultural «El Cultivo» y la celebración de su segunda Noche dedicada al folklore, reflexionamos sobre cómo estas instituciones vecinales resisten como faros de cohesión identitaria, democratización estética y memoria viva frente a la creciente atomización de las urbes actuales.
Por Martín Aleandro
En una contemporaneidad signada por la inmediatez digital y el aislamiento urbano, los espacios culturales de barrio se erigen como auténticos bastiones de resistencia simbólica y comunitaria. Más allá de funcionar como meros contenedores de eventos lúdicos, estos recintos operan como dinamizadores de la memoria colectiva y catalizadores de un diálogo intergeneracional indispensable. Un claro ejemplo de esta persistencia institucional es el espacio cultural «El Cultivo», ubicado en De los Inmigrantes 1023, que celebra un cuarto de siglo desde su creación. Al cumplir sus 25 años de trayectoria, este espacio demuestra que las periferias geográficas y afectivas son, en realidad, los núcleos densos donde se resguarda el patrimonio intangible y donde los lazos de vecindad se transforman en ciudadanía activa a través del rito compartido de la expresión artística.
La inminente realización de la segunda «Noche de Cultivo» este sábado a las 20:00 horas, consagrada en esta oportunidad a las vertientes del folklore, ilustra con precisión cómo la programación de estos centros descentralizados articula la tradición con las manifestaciones locales. La confluencia en un mismo escenario de figuras de relieve nacional como el percusionista Diego Cuellar y Hernán Rojas —quienes portan el bagaje de haber recorrido proyectos junto a tótems de la música popular de la talla de Peteco y Cuti Carabajal— con referentes locales como Leopoldo García, Ariel López, Santiago Mac Goey y las agrupaciones de Cañuelas La Brújula y La Casa del Árbol, no constituye un hecho fortuito. Por el contrario, representa una declaración estética y pedagógica: la cultura no se asimila de manera pasiva y vertical, sino que se co-crea en una horizontalidad democrática donde el artista consagrado y el creador local legitiman mutuamente sus saberes y sensibilidades.
La propuesta de fundir el despliegue musical de creadores de la casa como Kekes López, Jere Aufranc y Bruno Carabel con una oferta gastronómica marcadamente patriótica —que incluye guiso de lentejas y empanadas— reubica al espacio cultural en su dimensión original: el hogar común y el banquete comunitario. Virginia La Iácona, artista y fundadora de este ciclo histórico, resalta la importancia de rescatar estos «tintes folklóricos» como un acto de comunión con todos aquellos que han configurado la historia del lugar. En tiempos donde el acceso al arte suele mercantilizarse, iniciativas que sostienen su accesibilidad mediante preventas en plataformas virtuales recuerdan que defender estos espacios es, en última instancia, salvaguardar el derecho humano al encuentro, a la belleza y a la memoria compartida.

