El teatro como dinamizador cultural en Cañuelas.

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En el marco del inicio de un nuevo ciclo en el Instituto Cultural Cañuelas, este domingo a las 17h se presenta la obra “La Caja Negra”. A través de una mirada reflexiva sobre la actividad escénica local, la trayectoria dramática y los nuevos dispositivos teóricamente comprometidos como la propuesta de este fin de semana, Verónica Abdo analiza el valor transformador del teatro independiente y la construcción de un público activo frente a la vorágine de la era digital.

Por Martín Aleandro

En tiempos atravesados por la inmediatez, la hiperconexión virtual y el consumo efímero de contenidos audiovisuales, la práctica teatral subsiste como una experiencia estética e institucional ineludible. El teatro, concebido como ese espacio de convivio donde la presencia corporal, la voz y el tiempo presente se encuentran, se erige en los distritos de la provincia de Buenos Aires como un polo de resistencia y producción identitaria. Sobre el escenario estarán: Analía Cartasegna, Nito Martini, Majo Galli, Ana Belén Capristano y Soraya Alcoba.

En Cañuelas, esta tradición no es reciente: cuenta con una trayectoria de más de medio siglo de teatro independiente que hoy se revitaliza a través de múltiples colectivos artísticos e iniciativas públicas. Con la puesta en marcha de propuestas innovadoras en el espacio de la sede de Del Carmen 664, el Instituto Cultural Cañuelas reafirma su compromiso con el derecho a la cultura. Para profundizar en este fenómeno, Cañuelas Ya tuvo la posibilidad de conversar con la profesora y directora Verónica Abdo, gestora junto al docente Marcos Piray de un nuevo ciclo dramatúrgico que promete interpelar a la comunidad.

—Profesora Abdo, a partir de agosto el Instituto Cultural de Cañuelas da inicio a un nuevo ciclo en la sede de Del Carmen 664. En ese marco se presenta “La Caja Negra”. ¿Cómo define conceptual y espacialmente esta propuesta teatral?

—Respecto a La Caja Negra, te puedo contar que se llama así al dispositivo y espacio escénico que consta tradicionalmente de piso, techo y paredes negras. Es una disposición típica del teatro independiente, caracterizada por albergar pocas localidades y generar una marcada cercanía e intimidad entre el público y el actor. En el Instituto armamos, en una de las salas, un espacio con estas características. Nuestra propuesta desde el taller de teatro es que todos los meses exista un espectáculo en dos tiempos: el primer tiempo consistirá en una obra dramática y el segundo tiempo será una sorpresa artística que se irá descubriendo en cada entrega. De allí radica el nombre del ciclo: es, en definitiva, un escenario compartido.

—A lo largo de su trayectoria como actriz, docente y directora, ¿qué dramaturgos y producciones escénicas han marcado de manera decisiva su recorrido artístico y vital?

—Más que dramaturgos en términos abstractos, lo que ha marcado mi recorrido artístico y mi vida han sido las obras teatrales específicas y el proceso de llevarlas a escena. Por ejemplo, en mi primera etapa allá por los años 1990 y 1991, fue fundamental una adaptación de El principito realizada por Nancy Pelucci, la cual llevamos adelante con el grupo Gente de Teatro. Recorrimos muchas localidades y festivales durante un par de años, ganamos varios premios y significó un aprendizaje enorme sobre la experiencia teatral y todo lo que este arte implica.

Muchos años después, una obra que me marcó fuertemente fue La prudencia, de Claudio Gotbeter. Fue la primera obra que realicé con el grupo Las partes de un todo, de aquí de Cañuelas, bajo la dirección de Daniel Gutiérrez y junto a mis compañeras Ana Capistrano y Paula Viga. Esa obra marcó el inicio de este último trayecto: una comedia negra con la que participamos en concursos y festivales con una respuesta bárbara.

Más recientemente, puedo destacar El acompañamiento, de Carlos Gorostiza. Fue la primera obra que encaramos tras el fallecimiento de Daniel Gutiérrez; ahí, junto a Marcos Piray, nos hicimos cargo de la dirección y del grupo para acompañar a los actores en una obra que ya venían trabajando. Representó el inicio de una nueva etapa. Y finalmente, Ivonne, princesa de Borgoña, que es la primera obra que dirigí en el Andamio 90, donde me encuentro concluyendo mis estudios profesionales en Dirección Teatral.

—¿Cómo evalúa la recepción del público cañuelense y la densidad del entramado cultural en el distrito de Cañuelas en la actualidad?

—En Cañuelas hay un público constante que acompaña al teatro. Existe una tradición teatral desde hace por lo menos 50 años a través del teatro independiente, con épocas de mayor o menor intensidad. En los últimos años ha habido una reactivación muy grande de colectivos y elencos: está el grupo del taller del Insti, el Colectivo Teatral, En la terraza, El cultivo, Gente de teatro, el espacio de Laura Ferrandi con Floriani, entre muchos otros teatristas.

Es cierto que el teatro propone una dinámica distinta a lo que hoy se consume masivamente —que suele ser lo audiovisual, las redes sociales y las propuestas breves o veloces—, pero la comunidad responde y acompaña. Considero que en Cañuelas hay una movida cultural muy linda, impulsada tanto por artistas independientes como por el esfuerzo del Instituto Cultural para generar espacios y sostener la mayor cantidad de expresiones artísticas posibles. Sin ir más lejos, este fin de semana festejamos el Día del Folclore el sábado al mediodía y el domingo lanzamos este ciclo de teatro. Casi todas las semanas hay actividades culturales abiertas a la comunidad.