Entrevista a Germán Hergenrether, un recorrido por el periodismo de raza y la identidad del arraigo.

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De las colonias de los alemanes del Volga en Entre Ríos al corazón gráfico y digital de la región bonaerense: el fundador de InfoCañuelas analiza la evolución del oficio periodístico, los secretos de los archivos históricos locales y la sutil frontera identitaria entre los nativos y quienes adoptaron el pueblo como su propio destino.

Por Martín Aleandro

La tarde del martes estaba recién comenzando. A través de los cristales que ofician de grandes ventanales —o quizá vidrieras que dan a la calle Del Carmen—, la luz pálida del tibio sol de invierno colaba de forma oblicua dentro del estudio de Dulce de Leche Streaming. Ya estaba todo listo. La figura de Germán se desliza y por un segundo se deforma cuando estaba por entrar, todavía del otro lado, del lado de afuera del todo, donde hasta que no termina de traspasar la puerta era un ser inacabado porque los cristales así lo traslucían, como caprichosos, mostrando la imagen fragmentada.

El equipo de Permanencias esperaba nervioso porque, conscientes de su presencia, sabíamos que la entrevista debía estar a la altura del entrevistado, cuya experiencia como periodista e investigador superaba las expectativas típicas de nuestro oficio. Interpelar a un entrevistador es como jugar al frontón en una cancha de cristal, donde el reflejo puede ser crucial y el diálogo se convierte en nuestro propio espejo.

El rostro de Germán Hergenrether tiene rasgos duros y agotados en líneas rectas, ario de sangre y argentino de corazón; ya con el saludo rompió el hielo y nos tranquilizó porque nos dimos cuenta de que él también venía, al revés de la trama, a ser entrevistado como una experiencia primaria, con cierta prudencia por saberse del otro lado del micrófono.

Nacido en el entorno rural de San Antonio, una pequeña colonia cercana a Urdinarrain en el sureste de Entre Ríos, Germán pertenece a la comunidad de los alemanes del Volga, un grupo étnico con una historia de migraciones que comenzó en la Rusia de Catalina la Grande en 1770 y continuó con la llegada de sus bisabuelos a la Argentina en la década de 1880. Durante su infancia, creció inmerso en esta cultura inmigrante, escuchando a sus abuelos hablar un dialecto alemán modificado por el paso de los años y habitando un particular diseño urbanístico lineal de una sola calle larga, concebido originalmente en las estepas rusas como sistema de defensa. Esta herencia sociocultural, que se mantuvo viva a través de la conservación del idioma, la religión y la gastronomía tradicional, constituye la base de su identidad y de su memoria familiar en las colonias entrerrianas.

La entrevista fue realizada por el equipo de Permanencias: dirigida por Juan Manuel Rizzi, Melany Flores y quien realiza este recorte subjetivo: Martín Aleandro. La charla colectiva se dio el martes 29 de junio en Estudio de Dulce de Leche Streaming (donde se puede ver entero por YouTube) situado en el Instituto Cultural Cañuelas.

Entrevista:

— Mencionaste que llegaste a Cañuelas en segundo grado. ¿Cómo se dio ese traslado?

— Llegué exactamente a mitad de año, después de las vacaciones de invierno. Mi padre era tambero en Entre Ríos, una actividad sumamente cruda y que en ese momento se volvió muy poco rentable. Al igual que los inmigrantes europeos, primero viajó el hombre solo para conseguir trabajo y consolidarse. Mi papá vino a Cañuelas, consiguió empleo y vivienda, y mientras tanto yo me quedé medio año solo allá con mis abuelos hasta que nos pudo traer a mi mamá y a mí.

— Te lo preguntaba porque una de las dudas que teníamos era cómo nace tu vocación por el periodismo, algo que vinculamos siempre en este programa con el registro de la memoria. Pero con lo que contás, se nota que esa presencia de los mayores y la tradición oral te marcaron desde la infancia, algo que quizás en una ciudad más grande se diluye. ¿Cómo surge formalmente tu oficio?

— La vocación siempre es un misterio. Desde chico yo cargaba con un mandato familiar muy común en la época: ser médico. Venía de una familia de laburantes donde no había profesionales, y el gran sueño de mis padres era tener un hijo con título universitario, y si era médico, mejor. Crecí con esa idea, e incluso viajé a La Plata e hice el curso introductorio de medicina. Pero rápidamente me di cuenta de que no era lo mío.

Durante el secundario tuve como profesora de literatura a Graciela Raffo, una figura clave en Cañuelas. Fuimos muy amigos, yo iba seguido a su casa. Ella nos enseñó, por ejemplo, el primer poema de Guillermo Etchebehere y motorizó una revista escolar llamada LM. Empecé a participar en cuarto o quinto año, pero no escribiendo —porque había chicos que lo hacían de manera extraordinaria…

— ¿Qué tareas hacías en la revista?

— Graciela había conseguido que la Municipalidad nos imprimiera la revista gratis a través de un sistema muy básico llamado “rotaprint”, que se usaba para la papelería municipal y estaba a cargo de José Luis Perrotat. Mi trabajo consistía en tomarme el tren a Monte Grande, ir a una librería especializada donde hacían las planchas de impresión, y traerlas a la Municipalidad para que Perrotat imprimiera los ejemplares. Estaba metido de lleno en la cocina de la producción.

— Ese es un antecedente clarísimo de tu carrera. No solo fuiste periodista en un medio emblemático, sino que después fundaste tu propio portal y publicaste libros. En esa época de la revista escolar, no existía todavía la imprenta actual de El Ciudadano, ¿verdad?

— El diario El Ciudadano ya existía, pero imprimir ahí requería un proceso más avanzado. En ese tiempo todavía se utilizaba el sistema de “linotipo”, un método de impresión antiguo con tipos móviles que se fundían en plomo. Cuando ingresé a trabajar al diario, después de abandonar medicina, el semanario se hacía así. Había un linotipista que era un verdadero artesano —un oficio casi extinto hoy en Argentina— que venía los miércoles desde la zona sur del Gran Buenos Aires y armaba toda la edición. Yo le alcanzaba los textos mecanografiados, él los tipeaba en esa enorme máquina, salían los lingotes de plomo calientes y con eso se armaban las páginas.

— Entraste muy joven. ¿Cómo reaccionaron tus padres cuando dejaste medicina por el periodismo?

— Fue un golpe tremendo para sus expectativas. Se les moría el sueño del hijo médico y muchos en el entorno no entendían bien de qué se trataba la profesión. Al regresar de La Plata empecé a trabajar inmediatamente: primero como repositor en el supermercado Dumbo durante dos o tres años, y luego en el diario Cambio, que dirigía Joaquín Rasquetti. En Cambio tampoco escribía; me encargaba de barrer la galería del fondo donde estaba la redacción a la mañana, recibir los ejemplares los jueves a las cinco de la mañana para doblarlos y pegarles las etiquetas de los suscriptores, y armar los crucigramas. Es una trayectoria similar a la de muchos trabajadores de radio, que empiezan desde abajo con los roles logísticos.

— ¿Cómo veías a Cañuelas en tu adolescencia? ¿Proyectabas quedarte o sentías la necesidad de emigrar a una ciudad más grande?

— Al no ser nativo de Cañuelas, miraba las cosas un poco desde afuera. En esa época estaba muy marcada la división social entre los «nacidos y criados» (NYCs) y los «venidos y quedados» (VQs), como yo. Yo no tenía una inserción social fuerte, no participaba en instituciones ni en clubes; era un completo desconocido. Las cosas las miraba, como se dice, con “la ñata contra el vidrio”. Recién cuando entré a trabajar a El Ciudadano empecé a tejer lazos y a tener contacto directo con la comunidad.

— Pero esa condición de desconocido cambió rápido. ¿Te acordás de tu primera nota firmada en El Ciudadano? ¿De qué temática fue?

— Sí, perfectamente. Fue a principios de los noventa, entre 1992 y 1993. Escribí sobre la presentación de un coro de no videntes de La Plata que vino a actuar al viejo Cine Teatro Cañuelas, poco antes de que fuera clausurado. Yo era muy chico. Hay que contextualizar lo que era El Ciudadano en ese momento: un clásico periódico de pueblo que, curiosamente, no tenía periodistas estables en la calle.

— ¿Cómo se armaba el diario entonces?

— Se estructuraba a partir de las esquelas que traía la misma gente a la redacción. Venía un vecino a contar que había un bache en la esquina, que la tía cumplía años o que el fin de semana siguiente un club organizaba un festival. Esos breves textos constituían las noticias del pueblo.

— ¿Qué transformación ocurre a mediados de los noventa?

— Llegó a Cañuelas una filial del diario La Palabra de Lobos. Vinieron con un concepto periodístico moderno y profesional: cobertura de eventos en tiempo real, cronistas en la calle y un desarrollo editorial profundo. El eslogan de ellos era «Se lee más porque tiene más para leer». Ante esa competencia, El Ciudadano empezó a flaquear en ventas. Fue ahí cuando el exdirector, Iturralde, entendió que necesitaba incorporar periodistas profesionales. Contrató a José María Cherutti para la sección de deportes y a mí me sumó para cubrir «todo lo demás».

— Damos un salto en el tiempo. En octubre de 2006 fundás InfoCañuelas, que está cerca de cumplir veinte años. Me acuerdo bien porque fui colaborador en los inicios, escribiendo un texto en 2007 cuando se cumplieron los 90 años del nacimiento de Guillermo Etchebehere. Siempre volvemos a la figura de Etchebehere, es una forma de gratitud. En 2006, lanzar un diario digital en Cañuelas requería mucha intuición. ¿Preveías el impacto que tendría internet?

— En realidad, mi primera experiencia digital fue entre 1999 y 2000, cuando creamos Cañuelas Net, uno de los primeros portales de la región. El proyecto no prosperó porque en ese momento estimo que habría apenas cincuenta conexiones privadas a internet en todo Cañuelas. El mismo proveedor del servicio nos mostraba las métricas en tiempo real: a las ocho de la mañana se conectaban unas cuarenta personas en simultáneo y el resto del día el movimiento era nulo. Esto pasaba porque los usuarios se conectaban desde sus puestos de trabajo, principalmente en Molino Cañuelas, que era la empresa con mejor conectividad. Los empleados ingresaban a la mañana para ver qué novedades había en el pueblo.

Como comercialmente no funcionó y luego sobrevino la crisis de 2001, el proyecto quedó trunco, pero yo me quedé con la certeza de que el futuro iba por ahí. Se lo propuse a las autoridades de El Ciudadano, pero no tuve apoyo porque el diario de papel vendía cerca de seis mil ejemplares semanales; las pilas de diarios volaban de los kioscos los sábados. El papel era un negocio sólido y no veían la necesidad de migrar a la web.

Al no tener eco en el diario, decidí desarrollar mi propio sitio online de forma tangencial, porque mi trabajo principal seguía siendo El Ciudadano. Al principio, InfoCañuelas se presentaba como un portal de noticias y turismo; cuidaba mucho de no quemar las primicias informativas en la web para resguardar las notas del diario de papel. En esa época, el turismo regional dependía exclusivamente de las búsquedas en la web porque no existían las redes sociales.

— Para las generaciones más jóvenes es difícil concebir el mundo sin esa inmediatez. Hoy vemos cómo las plataformas analógicas se transformaron por completo frente al auge del streaming. Quienes crecimos en la transición alcanzamos a ver algo de ese mundo de revistas, discos de vinilo y cassettes, pero hoy impera la velocidad digital.

— A mí me preocupan ciertos vicios de la producción periodística digital actual. El sistema te obliga a estar pendiente de la métrica y de la cantidad de clicks. Yo soy muy obsesivo con los números, y me genera frustración ver que una gacetilla policial redactada en quince minutos obtiene dos mil o tres mil visitas de forma inmediata por el peso del amarillismo, mientras que un artículo de investigación patrimonial que te demandó dos semanas de archivo no rinde de la misma manera. Al principio me obsesionaba, pero hoy prefiero mantener una lógica de trabajo tradicional.

— Es la clásica tensión entre el bestseller y el valor de permanencia de un escrito. El impacto real de una investigación debe medirse a largo plazo, viendo cómo influye en la memoria colectiva del pueblo. Volviendo a la época analógica de El Ciudadano, las noticias policiales se limitaban a la gacetilla breve que enviaba el comisario con lo que a él le interesaba difundir, y se publicaba de forma textual.

— Totalmente. Les cuento una anécdota: el primer aparato de fax que hubo en Cañuelas se instaló en la redacción de El Ciudadano. La Comisaría local no tenía fax. Por la buena relación institucional con la Jefatura de Policía de la Provincia, las órdenes de allanamiento y los pedidos de detención llegaban primero al diario por fax, y nosotros mismos se los cruzábamos en mano al comisario. Teníamos la primicia absoluta, aunque lógicamente no podíamos publicarla antes de los operativos para no frustrarlos.

— Pasando a tu obra bibliográfica, hay un fenómeno recurrente en la historiografía de Cañuelas: los libros históricos fundamentales no fueron escritos por nativos de la ciudad. Pasó con Lucio García Ledesma, con el arquitecto Carlos Moreno y pasa ahora con tu investigación actual, que considero el aporte bibliográfico e histórico más relevante para Cañuelas desde las obras de Moreno y García Ledesma. ¿Cuándo se convierte uno verdaderamente en cañuelense?

— Es una buena pregunta. Uno se establece, paga sus tasas municipales, echa raíces y vota en el lugar; eso te define como ciudadano de una comunidad, más allá de la arraigada tradición local de priorizar a los nacidos y criados.

— Me acuerdo de que en los conversatorios que organizamos en la Biblioteca Popular Sarmiento por el Bicentenario, planteábamos la pregunta: «¿En qué te sentís cañuelense?». Es un interrogante que suele resultarle más difícil de responder al nativo que al inmigrante o al vecino que vino de afuera, porque quien viene de otra localidad tiene mucha más claridad sobre las razones por las cuales adoptó este lugar como propio. Esa identidad se comprende con la perspectiva del tiempo. Para cerrar la entrevista, contanos cómo accediste al valioso archivo de Oraldo Giatti que luego se convirtió en el libro Postales y Memorias de Cañuelas. ¿Quién fue él para la memoria de nuestro distrito?

 

— Oraldo era un personaje entrañable. Su padre, un sastre de origen italiano, instaló el primer cinematógrafo de Cañuelas en el salón de la Sociedad Italiana —el «teatrito», como le decíamos—. Oraldo se crió adentro del cine, en una atmósfera idéntica a la de la película Cinema Paradiso: barría la sala entre funciones, acomodaba al público y le daba manivela al proyector de carbón.

Ya de grande, durante su jubilación, se dedicó meticulosamente a reunir fotografías antiguas del pueblo y logró conservar las películas en formato de 16mm que su padre había filmado en la década de 1930. El núcleo de ese archivo son los desfiles por el cincuentenario de la Sociedad Italiana y registros de los frentes de los comercios de la época, donde se ve a los dueños y clientes posando afuera. Muchos de esos frentes edilicios se conservan intactos en la actualidad.

Oraldo solía ir muy seguido a la redacción de El Ciudadano; elegía una foto de su colección, salía a caminar por el barrio para mostrársela a sus amigos y siempre terminaba en el diario compartiendo ese material con nosotros. Así fue como entablamos el vínculo que permitió rescatar y poner en valor ese fragmento fundamental de nuestra historia.

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