Herencia, docencia y el latido de un oficio.
En los pasillos del Instituto Cultural Cañuelas lo podés encontrar por la mañana, buscando agua caliente para el mate, o charlando con algún vecino que se acercó a realizarle una consulta. Hace 12 años que tiene el Taller de marroquinería y es uno de los docentes más queridos por sus talleristas y colegas. Con su mirada profunda y voz paciente Miguel Silvestri le brindó a Cañuelas Ya esta hermosa entrevista.
Por Martín Aleandro
La artesanía, en su esencia, es la transformación de la materia a través de la manipulación del producto. Darla forma, estética y utilidad es la magia de los artesanos de oficio. Para Miguel Silvestri, el cuero no es simplemente una materia prima; es un mapa de historias, una herencia que se lleva en la sangre y se comparte con el alma. Con una trayectoria que se consolida en el mercado artesanal desde el año 2003, Miguel ha sabido transformar el conocimiento técnico en un acto de amor profundo por su profesión. En esta charla, nos abre las puertas de su clase-taller y de su corazón para reflexionar sobre el ejercicio de enseñar, la emoción de ver trascender su obra y la importancia vital de mantener viva la tradición de la artesanía en cuero.
— Miguel, ¿qué ha significado la docencia en tu vida y cómo impacta en tu propia visión del oficio?
— La docencia a mí me abrió un montón de puertas, me abrió un montón la cabeza. Como te dije hoy: enseñando, aprendés. A mí me parece lo más maravilloso. Hay gente que ha quedado en otros pueblos dando talleres —chicas, generalmente son mujeres, no sé por qué— que han quedado dando talleres y algunas, pero a mí me superan ampliamente. Yo las admiro muchísimo por la prolijidad, la terminación.
Una vez que vos enseñás la técnica, las técnicas básicas, que es lo que hago yo, enseñás las técnicas para hacer el producto, la pieza final. Después, cada cual le pone su impronta personal. Entonces, por ahí te encontrás con gente que decís: «Tiene más o menos, te das cuenta que le enseñaste vos», por las costuras y las cosas que usan, pero les vuela la cabeza y hacen cosas especialísimas.
— Esa impronta personal de la que hablas suele dejar una huella imborrable. ¿Tenés alguna anécdota donde hayas visto reflejado ese sello de tus alumnos en el mundo?
— Una anécdota que es una pavada… Un día estaba en La Plata esperando el micro y pasó una chica —yo estaba con una amiga—, pasa una jovencita con una cartera. Entonces le digo a mi amiga: «Mirá, esa cartera la hizo una alumna mía». «No —me dice—, mirá que vas a conocer a la gente por las carteras». Así que la perseguí por toda la terminal a la piba, le pregunté… y sí, era así. Era de una señora de Chacabuco que se llama Patricia Massa, era la que le había hecho la cartera a su hija. Y conocí la cartera por la técnica, ¿viste?, por las costuras, la forma, qué sé yo, esto y lo otro. Me di cuenta de que era de una alumna mía. A mí me llena de orgullo, me da una felicidad tremenda.
— En tu recorrido has visitado muchísimos lugares e instituciones. ¿Qué lugar ocupa el Instituto Cultural Cañuelas (Insti) en tu afecto y en tu rutina?
— Mirá, la experiencia en el… en el «Insti»… y, yo te digo, yo voy al Instituto… en mi casa, ¡así de sencilla! Sencillamente. Yo me he sentido cómodo en todos lados, no puedo decir nada de nadie, de nadie de ninguno de los lugares donde fui a dar clases. Pero en el Instituto hay algo como especial, ¿viste? Más como casero, más como que estás en tu casa. Te atienden de una forma tan… tan cariñosa, tan generosa. Es mi casa el Insti.
Sí, no sé qué más decir. Yo los veo a los chicos ahí, qué sé yo, a todos los que han estado ahí, desde cuando estaba Esteban Sarlenga, después pasó Leo Parigi y ahora está Malva. Para mí, siempre me han tratado de primera y me siento muy, muy contenido, muy abrazado, muy, muy feliz de estar ahí. La verdad que realmente es como mi casa. Yo tengo 73, ¿viste?, y a veces me pasa que me pongo a pensar que, digamos, cuando uno tiene un hijo… el bebé tiene un año, empieza a hablar y a andar… a caminar. A los dos años anda en triciclo, a los cinco años, seis, anda en bici, y así va creciendo. Yo, como tengo 73, voy decreciendo naturalmente, ¿viste? Y no sé si voy a estar muchísimo tiempo más o no viajando; sé que tiene un final, un límite esto. Y una de las cosas que más extrañaría sería ir al Insti…, aunque me cuesta, porque me queda a ciento y pico de kilómetros, pero bueno, la verdad que voy feliz. Voy con mi compañera, mi mujer, así que ahí es como si fuera un picnic cada vez que vas para allá, con amigos. Una cosa así.
— Para cerrar, Miguel, desde la perspectiva de un verdadero maestro artesano, ¿cómo definirías la diferencia entre una artesanía y una obra de arte?
— Es… es difícil saber cómo es la diferencia entre una artesanía y una obra de arte. Obviamente, la obra de arte… la artesanía necesariamente —para… a mi modo de ver, ojo, todo esto es un criterio personal—, la artesanía para mí es necesariamente funcional. Digamos, es algo que se… se usa, que tiene uso, es una cosa que tiene… que tiene utilidad, ¿viste?
La artesanía… Octavio Paz decía que la artesanía pertenece a un mundo anterior a que se separaran lo útil de lo hermoso. Entonces, las cosas útiles las hacía un artesano, era una cosa hermosa porque era una tijera hecha por un señor que había hecho esa tijera, esa, única. Después, bueno, cuando viene la revolución industrial, qué sé yo, vos sabés, se hacen en serie las cosas y empiezan las tijeras eran todas iguales, los cuchillos eran todos iguales, las carteras eran todas iguales, ¿viste? No era… no la hacía un artesano, la hacía una fábrica.
Y la obra de arte, bueno, es una cosa superior. El artista pone… es una cosa que… que te… que la mirás con… con el alma, digamos, con la parte de adentro de tu corazón; es una cosa que te… que puede no gustarle a todo el mundo, pero es una cosa que… nada, es una expresión del alma de la persona. Me parece a mí… ¡mirá que yo soy medio cuadrado, hermano! Qué sé yo, es lo que se me ocurre decirte.






