EN DEFENSA DE LA MEMORIA DEL “CHINCHU” Y EL “PINGÜINO”.

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Como antecedente de esta noticia, quiero realizar un comentario a modo de preámbulo.

Por Raúl Valobra

Muchos mandatarios parecen ser más amantes de cambiarles el nombre a las obras realizadas e inauguradas por una gestión determinada que de proyectar, gestionar y concretar nuevas obras.

Imaginen si cada gobierno se dedicara a esa patraña, valiéndose simplemente de la mayoría circunstancial en las cámaras legislativas o, como en este caso, en el Honorable Concejo Deliberante. Qué manera tan obtusa de pretender reescribir la historia, con decisiones de carácter intrascendente y efímero, sobre todo cuando se las intenta justificar apelando a cuestiones profundamente ligadas a nuestro sentimiento nacional.

Ni siquiera vale la pena traer a colación el nombre que se pretende quitar ni el que se busca imponer. Es apenas un detalle. Pero, salvo horrorosas e intolerables excepciones —como las que, a mi entender, representan figuras como Colón o Roca—, todo lo demás constituye una representación de una época, atravesada por los discursos y las miradas propias de cada momento histórico.

En cada pueblo de este bendito país transitamos por calles denominadas “Mitre”, un personaje de nuestra historia que me resulta tan repudiable como “Rivadavia”, cuyo nombre también se repite a lo largo y ancho de la Argentina. Imaginen si decidiéramos borrar cada calle que lleva esos nombres simplemente en virtud de aquello que detestamos, amparados en la transitoria omnipotencia que puede otorgar una mayoría de votos.

Déjense de joder. La política necesita ocuparse de resolver los verdaderos problemas de la gente.

Por eso, señores y señoras que tienen la responsabilidad de legislar, tengan la decencia de no atreverse a mancillar la memoria colectiva, en la que también habita aquel presidente elegido por el pueblo que hoy ustedes intentan borrar de un plumazo.

Un presidente que, desde mi perspectiva, tuvo un papel fundamental en la recuperación de un país que venía de atravesar una de las peores tragedias de su historia.

Pretender borrar nombres, símbolos o recuerdos no modifica la historia. Ya ocurrió en otros momentos de nuestro país: tras el golpe de Estado de 1955 se prohibieron símbolos, imágenes y menciones vinculadas al peronismo, en un intento de eliminar de la vida pública las referencias a Perón y Evita.

La historia demostró que la memoria colectiva no se borra por decreto, por ordenanza ni levantando una mano en un recinto.

Porque los gobiernos pasan, las mayorías cambian y los nombres pueden modificarse. Pero aquello que un pueblo incorpora a su memoria permanece.